El primer día de quimioterapia
Hoy hace un año de mi primer ciclo de quimioterapia.
Estaba aterrada. No sabía a qué me enfrentaba y en mi cabeza resonaban todas las recomendaciones de quienes habían pasado por esto antes que yo.
Antes de empezar, la jefa de servicio del hospital de día —un auténtico encanto— me enseñó las instalaciones, intentó calmar mis miedos y me dio algunos consejos para después del ciclo. Me explicó lo que sentiría: la sensibilidad al frío, al metal, el cansancio…
Se despidió recordándome algo importante: si tenía fiebre, dolor o taquicardia, debía avisar. Estaban allí para ayudarme.
Aquel día me pincharon directamente en el brazo. Aún no llevaba reservorio.
Llevaba libros, una botella de agua de litro y medio… y mucho miedo.
Estuve casi seis horas conectada.
Cuando terminé, me sentía ligera. Sorprendentemente bien.
No notaba la presión en el abdomen que me había acompañado desde la cirugía… y tenía hambre.
Recuerdo que pensé: “esto no es para tanto”.
Qué ingenua.
Pocos días después empezaron los efectos secundarios.
Los duros.
Los que no te cuentan del todo.
Los que se viven.
Y algunos… aún siguen conmigo.
Y aun así, fue el siguiente paso de algo mucho más grande: seguir adelante.